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Desde el recuerdo: Daniel, el enterraor y su mujer, la santera.

Ermita de Los Santos ( Abla).
Foto del libro Raíces Populares de Abla (Antonio José Ortiz Ocaña).
Tal vez fuese en los inicios de los años setenta, cuando las deprimentes y esperpénticas escenas gorkianas de los Vagabundos estallaban en mi cabeza como las nubes que, sin tiempo de parir, por otoño revientan en nuestras sierras.
Fue, entonces, con la lectura de aquel libro, cuando a borbotones, a zumbidos secos, Daniel y su mujer, como la familia Orlof, volvieron a mi conciencia por entre la negrura retorcida de los callejones de mi niñez.
En esos callejones empinados, zurcidos con piedras y tierra, era, donde Daniel y su mujer, dentro de mí, hirviendo, se apretujaban, buscando espacio, para seguir vagando por los confines de la niebla. Eran Seres que, sin ansias de ná, mendigan caridad y una mirada. Seres que se cargaban de nuestros harapos, aderezándolos de vino, migajas de rezos y algo para enterrar.
Daniel, enjuto y pálido, tan pálido o más que el tronco del granao cuando duerme. Y Enriqueta, Enriqueta tintá de ese amarillo de sol cuando el otoño oscurece.
En la imagen de mi niñez, ella, encorvá, con el saco de rafia a cuestas, rozando la simplicidad. Él, tartajilla y refunfuñón, andando por delante de ella y sin parar, gesticulando sin brío al viento con sus aspas huesudas y desacordes.
...Pero, ya, bajando del Paseo, pasado el huerto de Berolo, cuando las atochás son parral de pámpanos doraos, cuando la rambla en hilillo de agua tirita, Daniel, entre algún que otro zarandeo que mordisquea a la luna tostá, regala una pizquilla de voz para llenar el saco de más miserias; ella, carga, y calla.
… Ella, leve, le mira; y sediento, le siente, y le refresca sus ganas en el hilillo melancólico del agua corriente.
…cuando morir tiene sentido.
...Y es hoy, y por el tiempo de nuestros muertos, cuando os he vuelto, amigos, a subir en esa nube para errar juntos por nuestras calles y sus recuerdos.
Hoy, volveremos a montar en tañidos de campana, y a pasear por los Olivares dolidos por nuestra ausencia; y a sentarnos en el poyato de la plazuela de nuestros Santos para remirar las revueltillas de donde se cuelgan lomas, esparteras, abejarucos y milanos.
…Y desde el campanario de la ermita, retacico de cementerio, al que subiremos, saludaremos, por su santo, a nuestros muertos; y, de paso, chillaremos enlutadoblanco a las nieves tempranas de nuestra sierra que se nos asoman por Los Corrales, encendidas en el ocaso.
Cuando, ya, por la noche, borrachos “de tó”, como candiles tiritones, bajemos, nos embadurnaremos de cielo, para seguir, en vómitos de realidad, soñando.
…
Amigos, me decía mi abuela, que morir tiene sus días; sentir que se muere, sólo un momento, y, justamente, instantes después, y sin notarlo, creyéndote vivo, ya estás muerto. Entonces, sin halo, sin los olores del hinojo y sin los irisados fulgores en flor de nuestros huertos, te meces en el olvido de cualquier tiempo.
Y es por eso que quiero, que hoy, que a lo mejor estoy en vida muerta, que me muerdas y me apretujes con desesperación para ver si duermo despierta.
Morir tiene sus días - me decía mi abuela- , sentir que se muere, amigos, sólo un momento.
Sole Venegas.
La Remija de Abla
Retazos de Sanantón: Callejón de la Amargura
"La Remija"
Desde donde tú sólo sabes, desde donde sólo tú has estado, Sé, que en hilillos se han ido vaciando tus esperanzas, aun sabiendo que nunca llegarían más allá.
Y Sé, que por tu callejón, con avidez, te has empinado para saciarte de sanantón, y este, asiéndote con ternura, te ha tomado.
Pero también sé, que tú, cruda; que tú, muy cruda, has huido por entre sus corrales quietos haciéndote escarcha.
Pero...
EN Qué lúgubre dimensión, quien sí lo sabe todo, te habría colgado, que olvidada, tirada, sin destino, te ocultaba con vergüenza.
Qué Largo se te hizo el camino por entre llanuras, cuestas y llanto. Qué eterno el peregrinar por entre los mordiscos ciegos de aguardiente y vino rozados de espanto.
Y es por eso, que hoy quiero, REMIJA, que en mí, tus garbanzos "tostaos" se prendan de domingo, de fiesta.
Cómo, mientras paseábamos atrapando oscuridad, nos lamíamos los labios de yeso. ¡ Cuánto sabor en tiniebla, qué dulzor de embeleso!
Me decía mi abuela, que la Remija llenaba las calles de pandereta y chirigota, pero que fue una triste mujer, que vivió y murio su ebria soledad desesperadamente sola. Eso sí, se dice en un cuentico de la época, que San Antón la acogió, como era, y que cuando murió, la llevó directamente con él sin preguntas, ni " ná", para que viviese eternamente en ese lugar que dicen de los elegidos, en esa dimensión que en vida, alguien, y sí sabe quién, debiendo darsela, se la escondió.
