Se muestran los artículos pertenecientes al tema Nos hicieron crecer.
Trilogía de otoño “...y nos hicieron crecer” (III)

Retrato del álbum:fotos antiguas de Abla en internet. A los maestros de Abla, doña Teresa y don José. Y es por Navidad, cuando más escuece el recuerdo. Y en el recuerdo, se pregunta mi abuela: - ¿pero nuestro pueblo es río o es rambla? …Mas lo que nunca se pregunta, porque lo sabe, que nuestro pueblo es “ pitas” “laheros” y ansias. Ansias que se derraman por callejones hasta el río y la rambla. Desde el recuerdo. Era la feria de octubre, poco después de vender los marranos, cuando dejábamos el pueblo de Abla. Hasta entonces, como muchas familias, nos manteníamos de algunos jornales, de una cuartilla de tierra que teníamos en “La Manguilla” y de un celemín de olivos que teníamos en el pueblo de Las Adelfas..., pero había llegado el momento de volar. Ya, en verano, estuvimos tentados de irnos, pues era entonces, cuando nos visitaban algunos de los que habían emigrado a Tarrasa y nos alentaban con sus relatos a descubrir ese otro mundo que existía. La verdad es, dice mi abuela, que nos costó muchísimo decidirnos, pero era aquella una vida “aperreá” y sin futuro: quedaban lejos los posibles jornales de la aceituna; y los de la uva se habían arruinado con las “granizás” ... Por fin, todo estaba decidido. Nuestro mayor miedo era nuestra ignorancia, pues apenas si sabíamos escribir y leer, pero también sabíamos que nuestra niña, que había ido a la escuela de doña Teresa, nos ayudaría a defendernos. Y por ella, como por cualquier hijo, se hace cualquier sacrificio. El azar nos llevó a Bilbao. Un corazón para dos escuelas. En mi recuerdo de niña – prosigue ahora mi madre, siempre callá-, un callejón con dos escuelas. Un callejón por donde mirar de reojo, con moralina pueril, a los niños de la escuela de don José Pérez, que con descaro, desde arriba, desde el poyato de Sanantón, nos voceaban. Entonces, Nosotras, las niñas más mozas de la escuela de doña Teresa, picaroncillas , cruzábamos ruborizás, a brazalete, el callejón por la calle de abajo, la Calle Real. Y era entonces, cuando los niños, más mozos, todo griterío, nos lanzaban por la calleja chinillas ruleras que nosotras esquivábamos. ¡Oh, la tarde! De las tardes, ni hablar. Esas tardes de otoñoinvierno, cuando el sol nos amodorraba y nos enseñaba a callar soñando. Recuerdo cómo, por la tarde, siempre por la tarde, algunas niñas, en la azoteílla acristalada; y algunos niños, en la escalerilla interior por donde se unían las dos escuelas con altillos también cerrados de cristal, apretadillos y calentitos, nos soñábamos, separados por el corral, aroma caliente de cajoneras, donde sesteaba, plácidamente, la yegua del maestro. ¡Cómo sueño aún con el relincho caliente del frío! Mi calleja. Pero… ¿ Pero nuestro pueblo es río o es rambla? Se dice mi abuela, aunque dentro sabe, que es nuestro pueblo esperanza, esperanza de saciar la sed que sube por callejones desde la rambla y el río a la escuela. En Abla, me grita muy bajito el recuerdo, en Abla hay un callejón, y en el callejón, unas escuelas; y en las escuelas… En la escuelas, enjambre de castillos, de sanantones, y eras. Hay en Abla un callejón, callejón de doña Teresa y don José, que avivaron de saber, sementeras, que nos enseñaron a volar desde sus cumbres serenas. …Pero en esta navidad, desde el recuerdo, te tragaré con la mirada, para que, como antaño, te sientas callejón desde el paseo, cañillo de anica, hasta las altas la cimas de mis ganas. Tiene Abla un río. Y el río, su rambla. La rambla tiene su callejón. Y el callejón, el callejón, sin escuelas, nada. Doña Teresa, don José, maestros todos, gracias. Sole Venegas
Trilogía”...y nos hicieron crecer”(II)

De Abla a Escullar: Maestro de sueños. Decirte... Decirte que te vi por entre la flor de “papa”, sé que es usar muchos colores. Pero, si te dijera que te sigo viendo cogido al zumbido de nuestras culebrinas negras que nos desesperan, entonces, sí me darías el beso deseado de la oscuridad que aún se cuelga en higueras por entre retorcidas revueltas. Amigo, desde siglos, nos vamos viviendo sorbo a sorbo, para sentir aún más la sed. ...ya por Ofatabla, cuando vas de Abla a Escullar, has de tener cuidado con el suspiro: bajas, río y vega; curveas y subes, inmensidad que se impregna de altura. Pero, cuando en Los Llano, aplastado, te desvías, tiembla; pues se te clavan sures retorcidos..., y ramblillas..., y retamas; barranquillos y tomillos; volateos de perdiz picoteando sombra en ramas; vía y tren que te estrangulan...; y niños, que esperan, de tu fuego, llamas. Pero cuando pasas por Las Adelfas... ¡Silencio! negras lascas; libretillas de palotes; pizarrines “pa” pizarras; libros, palabrotes, y a soñar que es mañana. “Muy temprano, casi sin esclarecer, mi madre - me contaba mi abuela-, me subía a una lomilla que había junto al olivar que teníamos en las Adelfas desde donde se divisa la retorcida carreterilla de Escullar; allí, todo silencio, a esperar muy jutitas las dos, casi una, el bullir de pajarillos saltones en el remover del runruneo de la moto del maestro que, pegado a la mañana y mis primeros fríos, prendía de vida su paso”. … ¡Lambreta, ruge; estalla luceros, ojales de puente por donde abrir senderos! … Del maestro de la moto no sé su nombre, pero sí sé, lo que en el silencio de él aprendí. Aprendí, a pintar mis pupilas del color del taray, cuando al amanecer, en los oleajes de la brisa temprana, negruzco, reverdece. Aprendí, a sentir el frío límpido con el que se rocia la mañana para fragante entregarse al día. Aprendí, a esculpir en inolvidables cielos monocromos, tiernos arreboles de Alba, tintándolos de luz y de pajarillos con su pío-pío. Aprendí, a prenderme en el pelo, sin pudor, ramillos de florecillas silvestres..., aprendí a colgarme en cualquier tipo de aroma para navegar. Aprendí…, aprendí tanto, tanto, que hasta aprendí a olvidar. Desde el Recuerdo. Alto, enjuto, tez tersa cuasi almecina. Deporte por fuera, por dentro tierno, golondrina. Palabras, fuego. Mirada, invierno. Coraje, calor: El bramar sintiendo. ... Y su pelo, castaño, suave, ¡ luto y venas ¡ me resquebrajará el recuerdo, día tras día, en su ir y venir por nuestras sierras. Amanece, las campanas del cementerio, frente a tu solana, lamen tus huertos; y los naranjos, quietos, como artos de sed, sueñan viajar con su aroma atada a tu moto peregrina. …Pero, amigos, Del Maestro de la moto, sólo sé su sueño. Sole Venegas.
Trilogía de otoño”...y nos hicieron crecer” (I)

Fotografía de Teleprensa de Almería.
Hoy, en el recuerdo, un maestro de Abla que hizo posible que todos los rincones de Almería durante unos días se empapasen de algo más que un símbolo.
El quiché abulense: Juanico, el de Luisa.
Verdad es que no me apasiona lo grande, ni lo épico;ni tan siquiera me mueven los rezos y eslóganes,en su mayoría, mentideros de engaño. Sin embargo, sí he podido sentir, cómo un clavillo anestesiado de mar se ha diluido por entre nosotros y nuestras acequias como si “ná”.
Algo, cuajado en siglos, en mordisco de Tajamullo ha galopado por nuestros cerrillos a lomo de mula lenta, y nosotros, indiferentes, ni hemos notado cuando se ha hecho lecho en la corteza de nuestra encina vieja.
Rigoberta Menchú en nuestro mar.
Tendríamos que remontarnos a los inicios de los años setenta (1970), para comprender cómo se pudo hacer realidad lo que Almería vivió en los primeros días de octubre de 2008.
Que Rigoberta, Premio Nóbel de la Paz, visitase Almería, no fue fruto de la casualidad y sí del compromiso que, año tras año, se ha ido cociendo con puro barro de Montagón en horno de matas con esencias…
Esencias pirenaicas de Guardiola de Berguedá y Verga destiladas entre hinojos y esparragueras.
Esencias de vértigo y saúco..., envueltas en la brisilla socarrona de nuestra calle Real, escuela de don Jesús.
Esencias horneadas con pizquillas de cieno pegajoso y seco del Campo la Bota, lloviznas de miel, que a juan se le cuelgan, y que nostálgicas, como puntillillas perecederas, se le atan sin peso al ser.
... Esencias de “la Abla”, la única abla del único don José, don José Castillo, pupitre de fuerza y fuego, donde, a bien seguro, se le templaron halos sin necesidad de alma.
Pero, donde se lanza al vuelo con su velero de pámpanos y varas de moral, es en la escuela de “La Viñala”, en Sant Vicenç dels Horts. Es allí, donde juanico pergeña de Almería su dimensión soñada: mar ancho por donde dibujar sures. Lunas llenas, arrebolás, donde injertar vides. Y sol, mucho sol, donde colgar ignorancia en sequeros de esparto y desconsuelo.
Sole Venegas
Trilogía de otoño”...y nos hicieron crecer”
A las maestras y los maestros, doña Pepita, doña Juanita, don José Castillo, doña Teresa, don Julio, don José Pérez, doña Dorita, don Antonio, don Jesús, don Adolfo el hijo de Piedad, don Manuel el hijo del boticario. Paco, y Juan, el lerenes. Juan francisco, el de Vicente manecicas. Don Juan, el de los Anteros y sus sobrinas del Puente las Juntas. Paqui, la de Juan fdez. Paco, el morrao. Melchor, el de Fernando el herrador. Piedad, la del cananeo. Antonio, el de minero. Antonio, el de Narcisa. Paco, el faldones. Paquita, la de Presenta. Santi, el fragüero. Juan, el de Luisa. José María, su hermana Encarni y su prima Piedad, la parrancana. Paco, el cojo. Los hermanos Padilla ( David, Marina...). Antonio, el ñoño. Casilda. MariCarmen Ocaña. José Manuel, el de la posá. Juan, el de escullar. Antonio Ángel, el de Joaquín el tres libras… Sin orden, sin tiempo, incompleta, pero que aspira a servir de homenaje a todo un pueblo que ha sabido empapar a su gente de ese saber milenario. …y por noviembre, no sé porqué, impreciso y muy difuminado en mi recuerdo aparece el día del maestro. Y se me asoma en forma de puertecilla pequeñilla, muda, intangible, quieta, en uno de los callejones de la calle Real, callejón de los maestros, doña Teresa y don José. Y me brota del ser con la misma ceguera de transparencia con la que el rayo, culebrina blancaynegra, en nuestras sierras se encenaga de tormenta. Pero en el recuerdo, como brillito de estrella, dulce, con sonrisa serena, mi madre me llega nítida llamando en la puertecilla con voz bajita: - ¡Adela! ¡ Adela! Y es entonces, cuando esa puertecilla se me abre dando a luz un patio sombrío, y en él, como una estampa pegada a la pared, Adela, criada de los maestros, que seca, pero amable, nos pregunta: - ¿qué queréis? Mi madre, después de preguntarle por doña Teresa, le muestra una cestilla de caña que destapa un poco: - queremos regalar por el día de los maestros estos huevos. Adela, sin despegarse de la pared y con mirada atravesá, los toma uno a uno con cuidado y los va poniendo en otra cesta de mimbre más grande, donde hay muchos más. En mi recuerdo, Adela, imprecisa, se desvanece y emerge de la misma pared, doña Teresa que, ya con dimensión, se nos aproxima con lentitud y muy amable, esbozando una sonrisa, me dice: - ¡Gracias, nena! Es un recuerdo que por estos días, año tras año, cuando el membrillo sueña su otoño,me llega. La Escuela Abulense. Montessori, Paolo Freire, Magdalena Fuentes, Concepción Arenal, Claparede, María Carbonell, Luis Vives..., es la historia de la Educación. A partir de ahora, es mi deseo que se incluyan nombres cercanos a nosotros, que aporten los rasgos de identidad de nuestra escuela milenaria . Pero en esta trilogía, mi intención es sólo recordar a tres pedagogos de generaciones diferentes, que nos han hecho crecer a lo largo de siglos. Han sido y son maestros que se hicieron pequeños para sentir lo insignificante: educar. Dejo a otros el reto de profundizar en las aportaciones pedagógicas que la Escuela Abulense ha hecho y va haciendo en el campo de la Educación. Sole Venegas. 
