Mi Primera Comunión: La Merendica.

Del álbum de fotos antiguas de Abla de internet
En un soplo muy suave, casi un suspiro, se columpian los cigarrones con sueño de verano. Las molinetas, mientras, se detienen cansadas para respirar y mirarte; y te ven tan bonita, que cuchichean en silencio; tú, sonrojada, avivas el paso y piensas que se susurran: ¡Qué mayor! Este Primer Lunes de Pentecostés hace su primera comunión ¡Y tendrá que confesar sus pecadillos!
Ahora, el viento, más que soplo, ha puesto en movimiento el despertar de la tarde y sus geranios. Y la flor del Saúco, alba, te suspira en su andar por entre tu fragancia, despertar de locura en horizontes inertes repletos de ansia.
Cuando el sueño es, vela...
En las semanas anteriores a mi Primera Comunión, las horas se hacían largas, largas. ¡Y qué decir de los días! De las noches, de las noches mejor ni hablar. Las noches se estiraban y estiraban como los barquillos que se cuelgan sin horizonte en el cielo del mar.
¡De las noches, de las noches mejor ni hablar!
En las noches, brisillas relampagueantes te llegaban y conforme te atrapaban, huían sin más , dejándote un vacío en la tristeza.
¡De las noches, de las noches mejor ni hablar!
Fue en aquellas noches cuando acaricié lo que nunca llegaría a tocar, acariciaba el fuego, acariciaba para todos el pan, acariciaba al ser bueno, y hasta acariciaba del Dios su bondad. Acariciaba cómo te siento, cómo te siento y sin poderte tentar.
Todo dispuesto…
En ese día de la Primera Comunión, la calle se adornaba de niños almirantillos y niñas princesillas, acompañados por sus padres, como dos palotes de miel, vestidos de domingo; pero mi madre, fuera de lo común, había decido para mí un “vestidico azulatao”, de sultana nazarí, con sus encajillos morunos y puntillillas blancas.
Ella, tarde tras tarde, durante muchas tardes, a soñar mi sueño: Bolillos, alfileres, hilos… y un cielo límpido serpenteando los ribetes de las tardes soleadas de invierno.
Mientras Yo, santica, me preparaba para el día con la beata Oración y con la asistencia por las tardes a la Doctrina, enseñanza impartida por las “aliadas”, mocicas que ayudaban al señor cura en las tareas de Iglesia.
Y del catecismo, del catecismo sin faltar ni una coma, pues hay que poner palabras, aunque por el ser ni se sientan, ni se asoman.
La tarde anterior al acontecimiento, La Confesión. La iglesia, como hormiguero en día de tormenta, hervía revuelta. En la espera, todos los niños nos mirábamos de reojo con pudor y acaloraos, y, como nuestro cielo en el crepúsculo, arrebolaos, agachábamos la cabeza. Cuando ya veíamos próximo el momento de la Confesión, en los bancos, arrodillados, escudriñábamos por otra vez más nuestra conciencia...
... Pero los niños mas juguetones en el altar, al Jesusito Bendito, como buen niño, travieso, lo atiborraban de pan de aceite, de bizcocho, de carne membrillo, y ¡cómo no! de uvas pasas y queso.

Foto publicada en el álbum de
fotos antiguas de Abla de internet
A la merendica...
Al despuntar la tarde, en oleadas, con las cestas bien repletas de conejo frito metido en cartuchos de estraza para despringarlos, de jamón de paletilla recién empezada, de dulces del horno recién hechos, nos dirigíamos por la carretera a “La Merendica” lugar donde nos esturreábamos en paratillas de hierba fresca con su olivillo y su fronda, donde beber en cimbra limpia y donde las niñas mozas, en ramillas de celindas, adornarse con aretes de cerezas rojas.
Mientras esto me contaba mi abuela, sus labios, aún tersos y coloraos, temblequeaban como rocío en la flor del olivo... y proseguía: “¿ Pero tú crees, Sole, que yo puedo olvidar ese paseo lleno de olores de mi vega? ¿ Tú crees que en el recuerdo una dirige por dónde navega? En el recuerdo, Sole, - suspiraba mi abuela, ahora sí, sin apenas aliento, como relente a molineta -, en el recuerdo, Sole, una pasea sin retorno:
Por la Pileta, no. por la pileta, La Merendica, rubor que se me sale, me picotea y me pica. Mejor navegamos hacia Vistalegre, trocillo de azulón, gotica, donde se cuelguen cachos de noches con estrellicas.”
Sole Venegas.
In Memoriam: 'A mi comadre Isabel y su hijo Paquito'
A mi comadre Isabel y su hijo Paquito
Era Juan Ortiz, me decía mi abuela, tal vez, nuestro primer senderista puntonero. Abrucena era para él, sin duda, su segunda casa. Juan Ortiz, allá por los cincuenta, se dedicaba a comerciar con el vino al por mayor y abastecía a las tabernas de los alrededores de Abla. También era muy conocido por ser un gran catador de eso, sí, de eso…, y eso le perdía. Pero Isabel, mi comadre, jaretona con mucho carácter, lo encontraba ¡ y cómo lo encontraba!

Banda de Música de Abla - Del álbum de fotos antiguas de Abla en Internet
Cuando viésemos a punto de anochecer, proseguía mi abuela, a mi comadre Isabel arremangá Puntones arriba, ya sabíamos que Juan Ortiz, que había salido de madrugá, se había atascado en alguna taberna bebiendo y jugando con algún que otro de esos que les quitaba el sentido eso, sí, eso... Pero también sabíamos que Isabel, que sabía dónde buscar, no tardaría en aparecer con su Juan, Puntones abajo
¡ Qué bien sentaba a Juan Ortiz, al anochecer, ese aire de tiesas pitas en forma de sierra !
Juan Ortiz era un hombre muy popular y querido. Casi siempre lo veías con sus partituras atadas a su sonrisa, su paso lento y desgarbado, y con la batuta siempre preparada para los ensayos de la banda de música. Cuando por las tardes pasabas cerca de la puerta de su casa, notabas su ausencia porque no salía ese tufillo de arte en forma de notas y con sabor a trompeta.
En acordes de silencio se me muere el ansia, "del Gallito" por San Antón, " del Laresla" por el Albaicín que mira mi Rambla. De Juan Ortíz, de juan Órtiz nada, nada, que atraviesa por el paseo a mi garganta. En acordes de silencio, ya, todo por aquí, se derrama, en gritos de clarinete, y mis ganas
Juan Ortiz, como oficio: bonachón. Como vicio: hombre bueno.
Me comentaba mi abuela que en su bodega los toneles y pellejos se sentían a gusto. Había épocas que para preparar la cosecha de vino joven, sacaban los toneles para ser lavados y desinfectados con pajuelas de azufre, y era entonces cuando la calle Baja y el Chorrillo se impregnaban por todos sus poros de vino y otras aromas fuertes y penetrantes que anunciaban fiesta,
¡qué toneles y buen vino tenían mis compadres!
Pero hay días, me decía mi abuela, en los que el recuerdo se posa en el recuerdo sin apenas aleteo y sin degradarse ni una pizquilla te hacen sentir con igual dimensión.
...Y en sudario de lino, el “granao” del huerto.
Hay días en los que la lluvia cae para mojar y despreocupada va manchando las blancas paredes de las casas, que son blancas. Pero aquel día, nena; aquel día, nena, más infiel que nunca, el viento, ventolera, nada movía. La tierra, seca, ni gritaba agua. La calle, desnuda, rugía silencio. Y nuestra plaza, solitaria, se rendía mansa a las obscuras golondrinas que revoloteaban por entre las fachadas de cal arañadas por el tiempo. Aquel día - musitaba mi abuela bajito y “morá”, con aire “pá” dentro-, yo, sentada en la iglesia junto a mi comadre Isabel, esperaba una ráfaga de imaginación que me catapultase a mi nada. Pero mi nada, desesperada, se asía colgada en infinitos también quietos. Pero los infinitos también tiemblan, y temblando como escarcha en limonero viejo, por el pórtico principal de nuestra iglesia, El Paquito, nuestro amado, muerto, en sudario de lino, el granao del huerto: Y con él, la sierra se blanquea y el romero se viste de tormenta, y la cana se tiñe de luna, y la luna, quieta, en su casa de tristeza, revienta. Y el pueblo por el monte esparramado se hace río enrojecido, se hace tomillo enlutado. El callejón de los Muertos por donde se nos acerca a la otra Abla, se estremece al tentarnos, y sin poder soportarlo, nos suplica: - ¡Piedad!-, para entre tanto dolor, ajarnos. Después de alguna revuelta por entre olivares sombríos, el quejío interminable; más allá, donde se precipitan los granates, la plazoleta que otea nuestros huertos; y escondida de la ermita, como queriendo no estar, una puertecilla con su boquilla abierta. Cuando lo entramos, nos saluda un caminito pino y denudo sembrado de rezos. Lo subimos, y ya en lo alto, donde se uncen valle y encina, una oquedad pálida que espera, nos traga enteros. El sacerdote, que también llora, escondido entre estandartes y coronas, alza un réquiem tembloroso, sin codicia de voz, a ese cielo traicionero que nos lo roba. A la tierra que le va cubriendo, se le suman dolores nuevos, de majuelo, de retama, de mielga, de zarza...Y hasta desde el altillo de la ermita, sin sus Santos, los tañidos de campana se hacen mirada, mirada de mochuelo, y muda palabra: En días así, no existe la tarde. Ni entre esparto y sol, está la vida. Ni entre límites e infinitos, Dios. Ni entre trigo y nieve, el centeno. Ni entre muertos, muertos, yo. ...Pero, créeme, amigo, yo, solamente, estaba sentada y callada Junto a mi comadre Isabel y su hijo Paquito. Sólo soñaba, mientras esperaba del sueño su voz. Nada hablé, nada vi, nada escuché, nada sentí. Solamente, agazapada, aguardé al lamento soñador del ser cuando, agotado, se hace espacio vacío. ............... Y es hoy, veintinueve, por cuando abril siente que muere, que, sentada y callada, tragando recuerdos, él, mi corazón, sin queja, ha estallado y huido en el viento del sur repleto de fragancias de secano, para galopar con la tarde por su carreterilla ciega, por donde se me recorra el ser en su recuerdo de primavera. Sole Venegas. 
"El Paquito" Del álbum de fotos antiguas de Abla en Internet
Retazos de: Abla

Foto Escogida del álbum de fotos antiguas de Abla en Internet
...Poco a poco, iban llegando a mí las calles de mi pueblo llenas de voces, geranios, blancura de cal y olor a sierra. Allí, por abril, me decía mi abuela, me veía, año tras año, preparando Las Fiestas: el almidonar de enaguas, el bordar de cintas para las carreras, el sacar de baúles y arcas corbatas, blusillas, chaquetas…; el chiflar de tambores y el redoblar de cornetas. Eran tantas cosas, que todas, juntitas y apretadas, me han ido llenado la vida de recuerdo. …Y en el recuerdo, cómo no, el Paseo, Paseo que por abril ardía en llamas prendidas de deseo: niños embutidos en trajes azulados que “ chulillos” desfilaban tras la banda, paseo arriba, paseo abajo. Niñas que en corro nos deshacíamos en volateos. Cielos moraos de escarceos de primavera. Y huertos sujetaos. ¡Pero por abril, de cuánto sentir se llenaba mi pueblo! Viejos y jóvenes, sin clarines, ni violas, hacían rugir sus cornetas, canela de noche para las mozas. Y Alrededor de la banda de cornetas y tambores le salen a las mozas, le salen a las mozas, mozos y sus rubores. Hay momentos irrepetibles en la vida de cada persona y para mí, me decía mi abuela, esos momentos fueron, son y serán aquellos de mi niñez y juventud y que día a día, en estas fechas, se me han ido anudando a la garganta, y sin casi voz, en grito flojico, me han ido comiendo “pa” dentro. Recuerdo, me decía mi abuela, cómo, todo y por abril, me repetía y repetía: ¡ven! ven a mi ermita al anochecer, cuando el repiqueteo de tambores y campanas, como pitas, se te claven para arder. Música, promesas, cohetes, fe, macetas…, olivos, llanto, paletas. Explosiones de cielo raso, estrellas ¡silencio¡ porque va llegando al puente de la rambla la Virgen del Buen Suceso y allí espera de todos nosotros su beso; beso que desde Navidad le tenemos prometido ¿recuerdas?¿ recuerdas aquel beso? beso “pringao” de paz, de solidaridad, de aceite, de coliflor y queso. …Y por la “ madrugá”, diana, ven niño por Fiestas a mi ventana. La diana, “despertá” con tambores y cornetas al amanecer, le recordaba al día que la fiesta seguía. Todos los mozos recorrían las calles entre risas y sueño, mistela y aguardiente y alguna que otra rosquilla o buñuelo. Las niñas, mozas, tras las ventanas engalanadas, casi dormidas, sumábamos sueños: Y al anochecer, de los Santos Mártires en su procesión, dime bajito, niño, lo que quiero oírte yo. Y al anochecer, de los Santos Mártires en su traída, dime , niña, lo que quieres que yo te diga. Y no me mires mucho a la cara, me decía mi abuela dulcemente después de vivirme estos retazos de recuerdo. Tú, me decía, déjame tranquila en mis soportales, todo ojos, donde se cuaja la pequeñez de mi plaza. Déjame en mis Granaíllos, nostálgico amanecer, donde me bese el viento nuevo y fresco del anochecer. Sole Venegas
Los Manolos 'los barberos' de Abla

¿?Años 60 "El fajes" portero de fútbol de Abla.
No es seguro que este personaje del relato esté en la foto.
Del archivo de totos antiguas http://www.flickr.com/photos/ablaeninternet
Retazos de recuerdo:
Los manolos, los barberos, nubes del norte, en caoba, nos los parieron…
En los sesenta, tal vez peor que los cincuenta, nuestras calles se llenaron de huida en busca de pan. …
La uva, la uva o quien se la llevara, despojó a un pueblo noble de nobles reses bravas…
En “Pateras y cayucos” me decía mi abuela, haber visto desde la terrera, sangrar al río por entre sus desérticas atochas y secas sementeras. Me decía, que era desde allí, desde Abla su copa, desde donde se veía diariamente la fuga de nuestra juventud achicharrada con sus maletas muy llenas de esperanza.
…Los manolos, los barberos, en zinc y tierra envueltos, nos los envolvieron…Y en donde nuestra sierra sueña flores, allí, desde lo alto nos los tiraron... Y en la loma calva del llanto, creyéndolos esparto, nos los clavaron.
Fueron días espantosos, días donde el sentir que si pesaba, se masticaba por nuestras calles; y todos, todos, hundidos, mirábamos arriba para poder seguir creyendo.
...“El fajes” el barbero, sueño alemán…, y por febrero.

Barbería de Abla
¿Por qué?
Era la pregunta que a todos nos mordisqueaba dentro y que, para no morir todos a la vez con ellos, buscábamos la respuesta, la única respuesta. Nuestras creencias empezaban a no soportar más la duda…, pero la nieve blanca se hacía altura, y la altura, con una ligera brumilla, Fe… Pero los “pinaculillos vetustos” cercanos se nos abrazaban apenados y nos acompañaban en el sollozo y en la tiniebla que empañaba al alma.¿Por qué? La pregunta durante mucho tiempo se fue agarrando al ser que amargamente desesperaba; pero todo, absolutamente todo, repleto de dolor y resignación se fue sometiendo a un cielo impasible e inmutable, a un cielo indecentemente transparente y radiante.
Los manolos, los barberos, nubes del norte, en caoba, nos los parieron.
Los manolos, los barberos, en zinc y tierra envueltos, nos los envolvieron.
Los manolos, los barberos, sueño alemán…, y por febrero.
Amigos, desde cualquier mundo en que nos hallemos y con vosotros como quilla, nos iremos arrimando lentamente, muy lentamente, a la sien de nuestra rambla, al sin fin de nuestra orilla.
Me decía mi abuela, que muchas veces el recuerdo se esconde del propio recuerdo. Pero que este retazo trágico de recuerdo, sólo desea ser el sueño de una noche de invierno. Una de esas noche de febrero en la que los olivos, tercos, sólo quieren sentir el vareo, tañer de cáñamo teñido, fuego, deseo; chirriar de riscos en llanto: carrichete, calle real, paseo.
Sole Venegas.
Desde el recuerdo: 'La Enriqueta' de Abla
Texto: Sole Venegas
01/XII/2007
Detrás de un buen hombre, no dudes, una gran mujer.
Este nuestro pueblo, dice mi abuela, ha estado plagado de pequeñas mujeres. Mujeres que prendieron de fuego calles, plazuelas y callejones. Mujeres que se hicieron pueblo....
… La Chachica” , “La Pipitilla” “La Remija” “ La Parrancana” “La Rola” “ La Respeta” "La Chacha juana" "La perdía"....
Es mi pueblo, me mira nostálgica mi abuela , pequeñico, repleto de diminutos personajes que lo han hecho más pequeño aún, si cabe.
Es mi pueblo, como debe ser un pueblo…. Dejemos lo grande para los grandes...
Hoy, desearía que mi recuerdo, en pequeñico, me llevase a esa gran amiga mía de juventud, si es que entonces teníamos juventud, “La Enriqueta”; cuántas alpargatas habrá rompío, y cuántos surcos de callejones el tiempo aún no habrá tapado.
¡ Qué fuerza! ¡ Qué bravura! ¡ Qué mujer! ¡ Qué ternura!
No dudo, amiga mía, que, seguro, las calles de nuestro pueblo reconocerán tu voz, tu voz, por tu sudor y tu sielencio.
Os figuráis, abulenses, me sonríe mi abuela , el día que las calles y los callejones lleven el nombre de los que dejaron impregnada su huella…. Pero huella, huella. Esa huella que el tiempo de la historia no recuerda y sí lo recuerda la cal de un viejo repello. Esa huella que ha tiznado a la gentecilla menuda, al vecino y la vecina, al amigo y al enemigo…Huella que hasta podría recordarla ese beso furtivo junto la pared caliente de alguna de nuestras ermitas viejas...ermitas cristianas, moras, judías ¡ que más da! un beso.
¡ qué por un beso! ¡ qué por un beso de aceite que nos pringaba en la oscuridad! ¿ recuerdas?
¿Recuerdas? tú, de tu Manolo, y yo, de mi juan.. Besos que Nos sabían a queso, a flores, a retama, a retama...a retama.
....Y tampoco pasaría nada, vuelve a sonreír mi abuela, porque cada día, al amanecer, nuestras calles eligiesen su nombre, ese nombre que las hacen calle...
Enriqueta, amiga, tú, madre padre hombre mujer, te mereces que yo te dedique en nuestro pueblo una plazoletica….
Plazoletica “ La Enriqueta” Y será allí a donde, desde ahora, te mandaré mis cartas…
Texto: Sole Venegas

Enriqueta, junto a senderistas del Club ’Los Puntones’
La Remija de Abla
Retazos de Sanantón: Callejón de la Amargura
"La Remija"
Desde donde tú sólo sabes, desde donde sólo tú has estado, Sé, que en hilillos se han ido vaciando tus esperanzas, aun sabiendo que nunca llegarían más allá.
Y Sé, que por tu callejón, con avidez, te has empinado para saciarte de sanantón, y este, asiéndote con ternura, te ha tomado.
Pero también sé, que tú, cruda; que tú, muy cruda, has huido por entre sus corrales quietos haciéndote escarcha.
Pero...
EN Qué lúgubre dimensión, quien sí lo sabe todo, te habría colgado, que olvidada, tirada, sin destino, te ocultaba con vergüenza.
Qué Largo se te hizo el camino por entre llanuras, cuestas y llanto. Qué eterno el peregrinar por entre los mordiscos ciegos de aguardiente y vino rozados de espanto.
Y es por eso, que hoy quiero, REMIJA, que en mí, tus garbanzos "tostaos" se prendan de domingo, de fiesta.
Cómo, mientras paseábamos atrapando oscuridad, nos lamíamos los labios de yeso. ¡ Cuánto sabor en tiniebla, qué dulzor de embeleso!
Me decía mi abuela, que la Remija llenaba las calles de pandereta y chirigota, pero que fue una triste mujer, que vivió y murio su ebria soledad desesperadamente sola. Eso sí, se dice en un cuentico de la época, que San Antón la acogió, como era, y que cuando murió, la llevó directamente con él sin preguntas, ni " ná", para que viviese eternamente en ese lugar que dicen de los elegidos, en esa dimensión que en vida, alguien, y sí sabe quién, debiendo darsela, se la escondió.
! Feliz Navidad desde Abla !

Abla, 25 deNavidad 07
anoche estuve por allí...
... Y José, muertico de frío, moqueaba.
María, complacida, con su áspera enagua, limpiaba los carrillos del niño pringados de beso, beso de aceite, de miel y queso.
... Y los pastorcicos, ratoncicos,
se limpiaban el sudor con el rabo del burro
que tranquilo y tumbado daba calor al pesebre
y a un niño, ni blanco, ni negro, ni rubio.
¡ Qué no!
¡ Qué no!
que nos dejémonos de engaños,
que allí todo era sólo eso...
eso, pringado de amor...,
amor pringado de aceite, coliflor y queso...
................
Por San Antón... en Abla
Por San Antón
Texto: Sole Venegas
17/ Enero/2008
Por Sanantón…, y por Sanantón, un montón.
Un montón de lumbres, un montón de porrón, montones de rosas, arrumacos en flor; montón de montones… montón de montón… y por Sanantón.
Cuando creas que lo has visto todo, yo te digo, viajero, de Abla aún nos has visto "ná" , pues donde parece que muere mi pueblo, allí, justamente allí, mi sierra " callá". Y en la última revuelta, tras la ermita : laheros y huertas, que se me clavan al recuerdo, como a las nubes viajeras por allí las clavan las pitas…. Y por San Antón.., y por sanantón, cuánto no daría yo…
¿ Recuerdas mi noche? La noche que por sanantón, Abla se engalana y siembra mis calles de gente y de llamas.
¿ Recuerdas?
Y cómo, para saltar las lumbres, íbamos por los cañaverales para elegir esa caña fuerte y hueca, y que para ver que no se tronchase, la probábamos brincando balates, brincando acequias.
¿ Recuerdas?
¿Recuerdas? cuando, desde las Llanadas, para que me columpiase, me lanzabas nubes, cometa, para soñar que soñábamos, como sueñan con sed las molinetas.
Lumbres, rosas, vino joven en porrón… Y por San Antón..., y por sanantón, qué no daría yo.

Me dice mi abuela, que… ¿sueño o realidad ?: Y cuando después de la noche despertemos, tomaremos marta y papajotes, copilla de mistela y pandehigo. Y aún en la mano la torta de chicharrones, nos iremos hacia los corrales y aviaremos a la burra que tumbada, sin prisa, espera la paja. Cogeremos a la cabrilla con sus dos chotillos y la llevaremos a" Las Huertas", allí, con las "bandás" de gorrioncillos helados bajo el níspero y los nerviosos "pepicos" en el caquero despertaremos también a la mañana.

Desde allí, veremos cómo, por los puntones, adornadas con toquillas, bajan las mozas de Abrucena bailando seguidillas. Y por el camino de "Las Huertas" y desde muy temprano, burros con serones bien aviados llegan con serranas y serranos, y eso que no es "mercao".
Y del carriche, y de San Roque, y de san juan, suben mozos y mozas a sanantón a volar.
…Y cuando el sol perezoso se haya "calentao", entonces, ya, podrá empezar, entre cohetillos, la misa de San Antón.
Y será que, como casi siempre, la estampa de siglos se repetirá: Hombres tomando el sol apoyados a la gran pared del frontón que calienta ; las mujeres, dentro de la ermita, rezando por todos con devoción al santo; y los niños, helaícos, metidos en los chales de sus madres, soñando.
Terminada la misa, tras la bendición de los animales, algún que otro cohete y la procesión.
Después, cocido de nabos y para no adormilarnos al frontón de pelota.
Ya por la tarde y como final de la festividad del santo, la carrera de cintas:
Las cintas, por las mozas bordadas, son brazaletes de lumbre que se encienden entre susurros de mozos sin voz.
Abulenses, dice mi abuela, que San Antón, bonachón, como siempre sin regañarnos, se despide contento de nosotros como todos los años.
Texto: Sole Venegas
Tiempo de Matanza

... Son esas mañanas que esperamos con autentica devoción, madrugás de mistela y amanecidas de roscos...
Son mañanas límpidas, secas, frías.
Las chimeneas, desde muy temprano, se clavan en un cielo azul y transparente con hambre. Y las calles, chorrean hilillos de agua ocre de la aplastada cebolla cocida que se enfría. Poco después y para pintar la mañana, unos gruñidos se agarran al aire para vivir.
No mucho más y la habitación fría, todo es vaho. Todo se confunde entre la sangre caliente y las manos de la mujer que en el lebrillo da vida al amanecer.... El marrano, inerte, sobre una mesa de madera espera el milagro...
Dice mi abuela, que ellos, desde los Castillos, cuando veían en la amanecida las casa a humear , empezaban a preparar la olla. Era costumbre " Echar la olla" surge como una necesidad que después se haría tradición.
El hambre en el pueblo, bromea mi abuela, iba de arriba abajo. Siempre, no sabe si ahora sigue igual, los más necesitados estaban en los castillos y los más holgados abajo ( C/real, c/ baja...)
" Echar la olla" La olla era anónima y bajaba por la chimenea en noche oscura y era muy difícil que no subiera con alguna morcillica. Dice mi abuela, que la matanza, era el acto social más plural que ella ha conocido.
Era el lugar donde se reunían : abuelos, primos, tíos, y allegados, para comer y beber una vez " pelao y colgao en su camal el marrano"; y abuelas, tías, primas y allegadas para trabajar, y canturrear....
...Era allí, en las matanzas, donde los mozos secos y con ruda mirada, mostraban a sus " chachos" su fuerza y temprana hombría; y su vez , de reojo, con fuego, lanzaban culebrinas a los carrillos coloraos de las mozuelas que junto a la chimenea y sus picaruelas " chachas" preparaban su rubor...
Los niños... los niños y niñas para no molestar, durante el día, a la calle con la zambomba y a coger cañas al río para colgar las morcillas. Y por la noche, al corral, aunque ellos prefiriesen habitaciones oscuras para jugar "a la gallinica ciega" y despertar locuras.
¡ Ah ! y el olor denso y penetrante "del testamento", dice mi abuela, inundaba a toda la casa de un algo tan especial que no cabe descripción posible: pimentón, matalahúva, canela,clavo, pimienta, chiquilín, orégano, un mazo de tripas, naranjas limas, limones...
Es la matanza, madrugá de mistela y "mantecaos", donde se abrazan las ansias del gruñir del hambre por los "terraos". Son mañanas límpidas, secas, frías, tan frías como la noche sigue al sueño.
Abulenses, como me dice mi abuela, lo bueno que tiene el recuerdo, es que podemos pasear siempre con él.
